Es una enfermedad infectocontagiosa que puede afectar al perro y también a otros cánidos.
El agente que causa el proceso es un virus cuyo contagio se produce, sobre todo, por el contacto directo de un perro enfermo con uno sano, mediante las secreciones producidas por el lamido, la tos, los estornudos, etc.
La enfermedad se propaga, en primer lugar, en el aparato respiratorio, los gánglios linfáticos, la sangre y otros tejidos, extendiéndose, a posteriori, al sistema nervioso. El periodo de incubación es variable, con un mínimo de cuatro días.
En una primera fase, aparecen, con mucha frecuencia, secreciones oculares y conjuntivitis, fenómenos respiratorios como disnea, tos, estornudos, rinitis, inflamaciones laríngeas, bronquiales y secreciones mucopurulentas por la nariz. También son frecuentes las diarreas y la aparición de sintomatología cutánea como pústulas en la piel del abdomen, o el endurecimiento y el agrietamiento de las almohadillas plantares. La fiebre es muy frecuente durante toda esta fase.
En una segunda fase, la enfermedad afecta al tejido nervioso, apareciendo incoordinaciones, convulsiones, tics, epilepsia, etc.
Esta patología puede acabar con la vida del animal y algunos de los que sobreviven pueden quedar con algunas secuelas.
Hoy en día, en los perros con protección insuficiente o en aquellos que se hayan vacunado hace ya algunos años, el moquillo puede pasar desapercibido en sus primeras fases y presentarse sólo con cuadros nerviosos, pulmonares o cutáneos.
No existe un tratamiento totalmente eficaz una vez instaurada la enfermedad.
Los cachorros pueden recibir anticuerpos específicos de su propia madre a través del calostro durante las primeras 24 horas de vida. Al ingerir los anticuerpos maternos quedan protegidos normalmente hasta las ocho o doce semanas de edad.
A partir de esa edad se recomienda acudir a la consulta veterinaria para recibir la primera dosis de vacunación. Normalmente se administra una segunda dosis al mes de la primera y se aconseja la revacunación anual de la enfermedad.
Los perros vacunados que no sufren la enfermedad al cesar la protección de la vacuna, pueden ser susceptibles; de aquí que se aconseje la revacunación anual en todos los animales.
Cuando aparece un foco de enfermedad, es aconsejable desinfectar el ambiente a conciencia. La lejía es un buen desinfectante.
Cuando queramos adquirir un cachorro hay que desconfiar siempre de los animales de los que se desconozca su origen y pautas previas de vacunación, así como exigir siempre la cartilla sanitaria del animal con el día, el sello de vacunación y la firma del veterinario perfectamente legible.
La vacunación es la única arma eficaz contra el moquillo. Hay que extremar las precauciones en todos los casos, durante los viajes, el contacto con otros animales extraños, las estancias en residencias, etc.